En Elephant, la película de Gus Van Sant, la cámara recorre los pasillos de una escuela con una calma engañosa. Hay conversaciones sueltas, risas, silencios, miradas que se cruzan sin detenerse. Todo parece cotidiano, incluso previsible. Pero en esa aparente normalidad se acumula algo que nadie termina de registrar del todo. Cuando finalmente ocurre lo peor, los disparos en la escuela, la sensación no es solo de shock: es la de que algo se estaba gestando ahí mismo, delante de todos, sin que nadie lo registre verdaderamente.
Algo de esa incomodidad se parece demasiado a lo que está pasando.
En pocos días, tres hechos en Argentina dejaron al descubierto una trama que no puede reducirse a casos aislados: un adolescente armado que mató a un compañero en Santa Fe; una nena de 11 años internada en Neuquén tras sufrir “bullying”; y el suicidio de una adolescente en Chaco, que volvió a encender un debate que siempre llega tarde.
En estos días se está analizando lo sucedido en Santa Fe y se arriesgan hipótesis sobre el entorno familiar del adolescente agresor y de sus circunstancias psicológicas. se habla de droga y abandono, pero los razonamientos por ahora son apenas aproximaciones a un a realidad personal.
Hay una tendencia a buscar explicaciones cuando el desenlace ya es irreversible. Pero esas preguntas, aunque necesarias, suelen aparecer cuando el daño está consumado. Mucho más difícil es detenerse antes, en lo que parecía menor, en lo que se naturalizó.
Porque la violencia no irrumpe de un día para el otro. Se construye.
Y en esa construcción, los adultos no somos espectadores neutrales. El hostigamiento no queda encerrado en el aula: circula en redes, en comentarios, en programas de televisión, en discusiones cotidianas donde la descalificación se volvió una forma habitual de intercambio. Se opina, se expone, se ridiculiza con una facilidad que después sorprende cuando reaparece amplificada en los más chicos.
Los chicos no viven en una burbuja. Miran, aprenden, reproducen. También cargan con una exposición constante que no termina cuando suena el timbre de salida. El conflicto sigue en el celular, en los grupos, en las pantallas donde todo puede escalar sin pausa y sin refugio claro.
Por eso, limitar el problema al “bullying” escolar es quedarse a mitad de camino. La escuela es un escenario clave, pero no es el único. Lo que ocurre dentro de ella está atravesado por un clima social más amplio, donde muchas veces la empatía pierde terreno frente a la lógica del señalamiento permanente.
Si el diagnóstico se queda en la superficie, las respuestas también.
Por eso, quizás, la pregunta no sea solo qué les está pasando a los chicos, sino qué tipo de clima estamos construyendo alrededor. Qué lugar ocupa el otro en esa escena cotidiana. Cuánto espacio hay para la diferencia sin que se convierta automáticamente en un motivo de ataque.
De todos modos, estamos hablando de respuestas parciales. La situación es más profunda y exige algo más que reacciones frente a cada caso. Creemos que se acerca el momento de asumirlo y de pensar intervenciones sostenidas, que involucren a escuelas, familias y también a la conversación pública. Es un paso necesario si el objetivo es modificar un clima que, hoy, está dejando a muchos chicos sin herramientas para habitarlo.